Conversación con un Día
¿Qué te ocurrió Día que has amanecido triste? ¿También los días lloran? ¿Acaso los días vivís?
- “Pues si”, me responde el Día, “Toda una eternidad”
Así que tú eres el mismo Día de siempre, el que ha contemplado el devenir de los tiempos, la vida de todos ¿No era cada Día distinto? ¿No sois uno más cada vez que el Sol se esconde?
Entenderé tu pesar si me dices que “siempre eres el mismo Día”. Pero si cada Día que pasa es diferente, estoy convencido que ‘vosotros’ nunca llegaréis a comprender todo este embrollo de nuestro alrededor aunque, en cierto modo, os parezcáis a nosotros, a los humanos. Como nosotros, cada vez que nacéis lo hacéis para vivir algo eterno, pero no es así y vuestra vida es paralela a la del hombre.
Nos anunciáis con vuestra luz la alegría de vivir, de que estáis aquí y formáis parte del Universo. Algo parecido a nuestra juventud, llena de propósitos, de ilusiones, de esperar siempre de ‘vosotros’ algo nuevo y bueno. Luego en el atardecer, nos anunciáis vuestro ocaso, el fin próximo, pero aun hay un poco de luz como si encerrarais una esperanza casi sin ella misma ¿Te has fijado que es igual a nuestra madurez? Todas aquellas ilusiones y propósitos se han empezado a apagar y estamos cerca de alcanzar nuestra conformidad con todo y por todo aunque aún conservemos algún anhelo, en el inconsciente-consciente mundo de los sueños. Esa es la luz que nos queda en nuestro atardecer.
Más tarde, tú, ya resignado y cansado acabas por oscurecer… pero incluso en ese momento, te quedan las estrellas iluminando el Cielo, como mudos testigos de los deseos cumplidos. Todas ellas te corresponden, son únicamente tuyas, para nosotros son inalcanzables, aunque esa luz, que nos pertenece, nos recuerde que una vez, que un Día, fuimos porteadores de un sueño.
Ha pasado todo un Día, ha pasado toda una Vida con la misma rapidez que una estrella fugaz cruza el firmamento.
(21 de marzo de 1974)

Érase una vez (y muchas) un hombre que cuando se aburría se enamoraba. En sus horas libres, que eran pocas, sentía la necesidad de desplegar su amor en alguna mujer. Como era un hombre de muchos recursos, inteligente, simpático y atractivo, las mujeres para enamorarse no le faltaban. El enamoramiento le duraba lo que le duraban sus ratos de ocio así que, como eran pocos y de corta duración, siempre se encontraba en aquél estado pasional de los comienzos del amor. Durante los largos períodos de actividad laboral, semanas, meses, a veces hasta años, el hombre ya no se acordaba de la enamorada que había dejado prendadita de sus encantos, así que tenía siempre que empezar de nuevo con la conquista de un nuevo amor. Pero no le importaba porque, lo que en realidad le gustaba, era seducir y ser seducido, sentir la pasión, el vértigo del juego porque, para el amor, ya tenía a su pareja en casa.
Todo duerme bajo las aguas profundas;